María Santísima: Venerada y no adorada.

María Santísima: Venerada y no adorada
Autor: Mons. Eusebio Ramos Morales

Al hablar de culto mariano, inmediatamente hay que ubicarlo y distinguirlo dentro del culto cristiano. María, Madre de Jesús, Hijo de Dios, también es madre nuestra en el orden de la gracia. Ella colaboró fielmente en la obra de la salvación y fue dada por el propio Salvador como Madre de sus discípulos. Desde el inicio, la Iglesia reconoció esa vinculación de María a la persona divina de Jesucristo y a su obra salvífica (LG 58). Por eso, el pueblo creyente, le rinde un culto especial de veneración, distinto al culto de adoración que sólo se da a Dios:

… desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen María con el título de ‘Madre de Dios’, bajo su protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto…aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente” (LG 56); encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios (cf SC 10#) y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio’ ( MC 42), NC 971.

Por eso, que quede claro, los católicos no adoramos a María: la veneramos por ser Madre del Redentor, (Madre de Dios) y madre nuestra, figura y modelo de la Iglesia. Ella es la Virgen fiel, que escuchó la Palabra, la acogió en su corazón y en su vientre, convirtiéndose en Madre del Mesías por obra del Espíritu Santo. Así acompañó a su Hijo desde el nacimiento hasta la cruz. Al llegar el momento de la cruz, cuando llega la hora del nacimiento de un nuevo pueblo y una nueva alianza en la sangre inocente del Cordero degollado, Ella colabora desde la fe con todo su amor. También después de la pasión y muerte, permanece firme al lado de los discípulos implorando al Espíritu Santo.

Los verdaderos discípulos la reconocen como Madre en toda la historia de la Iglesia y le rinden un culto especial de veneración. Esto es imitación, contemplación, honor, respeto, entrega, comunión, consagración, gozo y oración, pero teniendo siempre presente que en María todo se refiere a Jesús, que Ella no le suplanta ni le sustituye como único y eterno Mediador:

La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres… brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia” (LG 60”). “Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor” (NC 970).

Por tanto, querido Pueblo de Dios, Jesús, nuestro Salvador, nació de María Virgen, y desde la Cruz, nos donó también a su propia Madre como madre nuestra. Esta maternidad espiritual nos acompaña en la Iglesia. Este pueblo es mariano y ha experimentado este amor de María en diversas advocaciones y de diversas formas. Ahora, cuando buscamos convertirnos y ser de verdad discípulos misioneros, fijémonos en María y, como Ella, respondamos a la Palabra y a los signos de los tiempos con el “sí” más radical de nuestro corazón. Ella nos muestra el verdadero camino del discipulado misionero.

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